Fur
Antier vimos Fur, la película que rinde homenaje a la fotógrafa estadounidense Diane Arbus. La vimos, en realidad, en dos partes: una en la noche del sábado y otra al mediodía del domingo. La primera parte, la del sábado en la noche, fue la más aburrida: el preámbulo descriptivo de una vida miserable, atrapada en un régimen de apariencias. La segunda, la del mediodía del domingo, es la célebre: el desahogo de la neta, el limpio tránsito de identidades auténticas.
La historia se suma a otras más, filmadas, escritas o contadas durante algún café, que exaltan la felicidad de la autenticidad. Luego pienso que, más que exaltar la felicidad de la autenticidad, tiene el tino de señalar la tristeza de la vida fingida, la ficción en su estado más deplorable.
Para elaborar fábulas y ficciones somos muy eficaces, próvidos y fecundos. Dicen algunos que la religión es la primera ficción. Dios es el primer personaje inventado, lo cual llama mucho la atención, pues es además el ente al que le hemos atribuido nuestra invención. Somos, por consiguiente, ficción.
Pero no es de eso que quería hablar. La película Fur me trajo a cuenta otras cosas menos metafísicas (por cierto, algunos pensadores afirmaron que la metafísica es una elaboradísima ficción). Me recordó aquel poema de Octavio Paz que remata, si mal no recuerdo, sentenciando: “ahora sus arrugas / no tienen cara”. Lo más fácil, y no siempre lo más justo, es ensañarse contra quienes aprecian la vida de apariencias (una vida, hay que decirlo, que no siempre es lo que parece), porque eso es algo contra lo cual nadie puede ganar: somos también apariencias, detrás de las cuales no somos nada (y me gustaría traer a cuento un pasaje de “La historia de la nada”, el relacionado con la pregunta de Leibniz, que da pie a sospechar que, en efecto, detrás de lo que es no hay nada, pero no tengo el libro cerca y soy impuntual e impreciso para las citas), y en producir apariencias podemos rendir intenso homenaje a la vida: dígalo si no el trabajo mismo de Diane Arbus. A propósito de eso, me encontré con una página dedicada a su obra en la que se lee un texto:
“Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera. Contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente, siempre por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa. Lo importante es el control ejercido por el fotógrafo para imponer una dirección estética a su mentira. El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”.
No faltará quien se oponga a esta burda generalización: no todas las apariencias ambicionan la verdad ni la belleza. Las apariencias son un engaño: nos evaden de la nada y de toda la angustia que ésta nos provoca, pero también nos evaden de asuntos más mundanos, como de nuestras limitaciones, como nuestro “verdadero” estatus socio-económico. Tener es aparentar que se tiene, aunque no se tenga. Si Baudrillard postuló que tal parece que existimos para probar que existimos, sería legítimo añadir que, en términos de apariencias, lo de hoy es aparentar la existencia para existir.
Por ende, no se trata de saber o de hacer, sino de aparentar que se sabe o que se hace. El mundo, nos dice esta numerosa legión de creyentes de la imagen, premia a quien se parece, no a quien es. ¿La razón? Quizás no hay nada más inauténtico, por carecer de la cosmetología de estos días, que ser como uno es.
Por otro lado, no deja de asombrar la capacidad persuasiva de la otra parte, es decir, de la que cuestiona la romántica existencia de una esencia induplicable, irrepetible, originalísima. Todos somos, en diferente medida, copias de los demás. Por tanto, defender a la originalidad es defender otra forma de imitación. Pero, ¿es cierto?
Pienso que no, pero no diré mis razones. Al decirlas me parecen pontificadoras. Las creo, hasta con devoción, pero para mí. Las creo, que no las comprendo.
