Brevedad
Aún es fecha que cuando me enfrento a emociones intrincadas me prometo escribir un libro enciclopédico para explicármelas, aunque sea lo último que haga. Por eso relaciono a la cantidad de texto, por alguna razón vieja y muy personal, con la exhaustividad con la que merece ser abordado algún tema. “Para entender eso que sentí, precisaré de doce o quince mil páginas de palabras apretujadas”. Sin embargo, los textos concisos suelen ser lo de hoy. El maquillaje verbal es mal visto. Por eso hay que emplear la menor cantidad de palabras para decir lo más posible. Al flujo de conciencia se le llama palabrerío sin sentido y los textos largos son apetentes para el cirujano lingüístico que declara a la economía verbal sinónimo de belleza y eficacia. De pronto tengo la percepción de que esa manía por la brevedad, que también es un arte, descansa en la idea de que sí es posible arrinconar a las ideas y capturarlas en suficientes jaulas silábicas, de modo que “grande” cabe en una relativamente pequeña y “pequeña” en otra un poco más grande.











