Escribir
Hay momentos, últimamente más frecuentes, en que siento ganas desesperadas de escribir. Algo quiero decir, pienso. Pero cuando consigo apartarme del mundo y sus obligaciones, que ahora se han multiplicado, me descubro incapaz de escribir una sola palabra. La hoja en blanco se resiste a mi pluma; el teclado de la computadora se vuelve viscoso.
Luego que he escrito unas frases, me abandona el hálito inicial, dejándome en la orfandad y la desesperación. Borro lo que escribí por considerarlo inútil e improcedente, emprendo un nuevo texto y, al cabo de unos minutos de escribir con ímpetu confiado, la inspiración o el entusiasmo me vuelven a dejar en el desamparo.
Leo en el blog de Mayra Luna una interesante reflexión sobre la inexistencia de destinos en la escritura. Creo entender que ése es el meollo del problema: comienzo a escribir con el forzado propósito de llegar a algún lugar, de concretar una idea, de transmitir un conocimiento o experiencia; el esfuerzo no fructifica porque escribir así es más bien copiar. Alguien más debe dictarme lo que escribo, de modo que yo pueda entregarme sin trámites al superficial placer de repetir, calcar.
Creo entender que escribir es aventurarse al vacío. Dejarse llevar por la propia voluntad, que casi siempre es ciega, de decir algo. Escribir con el objetivo de construir un texto cerrado, esférico, perfecto, es renunciar al placer del desvarío. El texto indica sus propios caminos y suele inhibirse, como me ha ocurrido, cuando interviene el deseo de fingir, simular algo en pos de un orden superior o anterior, de darle una estructura rígida y predefinida, de obligarlo a palabras intrusas que aparecen sólo porque riman o suenan chic, intelectuales o suficientemente rastreras, según sea la atmósfera que se tenga en mente.
Escribir es un placer que desaparece cuando uno quiere convertirlo en decreto.











