Dos botes de resistol

July 18, 2007

Me cuenta que recibió una bolsa de plástico que traía impresa una promoción muy tentadora: 30 por ciento de descuento en las siguientes marcas (y aparecía una lista de útiles escolares). Asistió a una de las sucursales de esa cadena de tiendas de papelería y artículos de oficina para hacer valer el descuento. Con la circular de la escuela en mano, transitó por los pasillos tomando los productos que requería y que además eran mencionadas en la lista.

Entre ellos iban dos botes de medio litro de resistol que sospechosamente solicitaba la escuela de Sebastián. ¿Qué hacen con tanto resistol? En fin.

La cajera registró la mercancía y le comunicó el costo total, el cual le pareció a mi esposa muy alto. Pidió una revisión y entonces aparecieron los dos botes de resistol. No entran en la promoción, le dijo la cajera. Sí entran. No. Sí.

Mi esposa le mostró a la cajera la bolsa de plástico en la que decía, con toda claridad, que los dos botes de resistol sí entraban en la promoción. La cajera leyó la bolsa como si estuviera descifrando un código peligroso. Pues sí, ahí dice que sí, pero no entra.

Mi esposa es, además de todo, abogada. Su manera de litigar tiene el sello de la rotundidad.

Se sintió desprotegida la cajera, quien, acordonada en el monosilábico pero ineficaz “no”, corrió en busca del supervisor, gerente, encargado o autoridad circunstancial de la tienda, un individuo que parecía vivir convencido de que nada hay superior al rango con el que puede fantasearse jefe de otros.

Siguió muy obedientemente el método de investigación recorrido previamente por la cajera sólo para reiterar la inflexibilidad de la cajera pero aderezada con una insufrible petulancia, como si al decir “no” estuviera bendiciendo a mi esposa, a su familia y a sus descendientes por varias generaciones.

El último “no”, visiblemente encallejonado por la ira querellante de mi mujer, lo dijo dándose la vuelta y desapareciendo tras una puerta, lo cual dejó a la cajera en un estado de indefensión aún mayor.

Habló entonces a alguien superior al superior, a una mujer que tenía toda la facha de ser la auténtica tomadora de decisiones, seria, recatada, como conciente de la falibilidad de los rangos y de lo traicionero que suele ser el ego, además de conocedora de los derechos de los consumidores, sus clientes.

Le dio una instrucción inaudible a la cajera y ella, sabedora de los efectos de una derrota de este tamaño, tan pública, le explicó a mi mujer que el resistol no entraba pero que en su caso harían una explicable excepción.

Mi mujer pudo haberla terminado de vapulear, pero ella no pelea si no hay motivos exactos para ello. Tomó la mercancía, la bolsa delatora y se retiró.

Sobre El túnel

Algo que me agrada mucho de la novela El túnel es que parece haber sido escrita siguiendo un itinerario perfectamente delineado, de forma tal que el narrador sólo se entretuvo dilatando los detalles de los hechos que habían sido previstos con antelación. Me da la impresión de que no tenía que escribir y al mismo tiempo pensar qué escribir. Sólo escribía.

Me agrada eso de El túnel porque es algo que anhelo. Quisiera sentarme a escribir resueltamente sin preocuparme por el destino del viaje que emprendo. Sin embargo, también sé que esa es una idea absurda y peligrosa. Es absurda porque supone que la historia y el modo en que está escrita son dos cosas separables e independientes, y es peligrosa porque entraña un riesgoso deseo de dependencia.

Es como si quisiera que alguien más me dirigiera, me ahorrara el trabajo de decidir qué escribir y me confinara al vacío de la forma. ¿No es escribir un acto de libertad? Sí, es un acto de libertad, y toda libertad cuesta. La libertad, como la verdad, duele.