Ruinas bellas
Veo a menudo las pinturas de Beksinski y caigo en la cuenta de que las ruinas pueden ser formidablemente bellas. Esto no es ninguna novedad: basta recordar la aclamada postulación de Chichén Itzá.
Lo curioso es que puedan convivir tan armónicamente dos palabras que en otros contextos resultan antagónicas: ruina y belleza. Esto se explica apreciando la obra de Beksinski.
Supongo también que este aparente contraste es producido por un prejuicio muy común respecto a lo bello. No existe niguna razón que decrete que lo bello pertenece al reino de lo correcto o de lo bueno. O de lo verdadero. ¿Lo falso puede ser bello?
Depende, creo, de aquello que se entienda por falso. Si lo falso es lo que no existe, es un poco difícil atribuirle a la nada un rasgo de belleza. Pero si lo falso es lo imaginario, entonces me remito a Beksinski.
