La mosca

August 28, 2007

Si la mosca siguiera el trazo de una letra, de un ademán o de un contorno que perfila una aparición, o mejor aún: si en su vuelo la mosca pudiera dejar rastro, no tan efímero, de su trayecto, aquel lugar sería un laberinto dinámico, una densa nube de trenzados y zigzagueos que haría heroica cualquier interpretación racional.

De Michel Onfray

Para muchos, la vida sin el bovarismo sería horrible. Al tomarse por lo que no son, al imaginarse en una configuración diferente de la real, los hombres evitan lo trágico, es cierto, pero pasan inadvertidos ante sí mismos. No desprecio a los creyentes, no me parecen ni ridículos ni dignos de lástima, pero me parece desolador que prefieran las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos. Prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aun al precio de un perpetuo infantilismo mental. Son malabares metafísicos a un costo monstruoso.

Michel Onfray

De Slavoj Žižek

Yo no confío en esa idea liberal según la cual el Estado fue superado por el mercado, por las grandes compañías. Nunca antes un aparato estatal fue más fuerte ni tuvo un control más absoluto sobre su propia población que el de EE.UU. hoy. No digo que sea tan malo como el estalinismo, sino que dispone de nuevas tecnologías. ¿Sabe cuál era el problema del estalinismo? Aplicaban un terror ciego porque el gran trauma de los dirigentes era que no sabían lo que estaba pasando, no lo podían controlar todo. De allí la demanda por encontrar traidores y hacer purgas todo el tiempo. Se hallaban en pánico permanente; en los años 1930 se encontraban en medio del caos total y por eso aplicaban el terror arbitrario. No hay necesidad de algo así en EE.UU., porque saben qué está pasando. Encuentro un poco ridículo todo ese discurso sobre la desaparición del Estado. Desde luego que desaparecen algunos servicios, como el de salud por ejemplo, pero el aparato represivo, la inteligencia, la policía son más fuertes que nunca.

Slavoj Žižek

De Félix Guattari

Hoy en día todo circula, la música, la moda, los eslóganes publicitarios, los gadgets, las sucursales industriales y, por tanto, todo parece permanecer en el mismo lugar, hasta el punto de que las diferencias se borran entre situaciones manufacturadas y dentro de los espacios estandarizados donde todo se ha vuelto intercambiable. Los turistas, por ejemplo, hacen viajes casi inmóviles, transportados en los mismos autocares, en las mismas cabinas de avión, duermen en las mismas habitaciones de hotel climatizadas y desfilan delante de monumentos y paisajes que ya han visto cientos de veces en los folletos y las pantallas de televisión. La subjetividad está amenazada por la petrificación. Se ha perdido el gusto por la diferencia, por lo imprevisto, por el acontecimiento singular. Los concursos televisados, el star system dentro del deporte, los espectáculos, la vida política actúan como drogas neurolépticas que previenen la angustia al precio de la infantilización, de la desrresponsabilización.

Félix Guattari

Libros y notas

August 22, 2007

Entre que intento entretenerme con Visión de paralaje, de Zizek, que como prosista intenta el humor pero termina rindiéndose ante la severidad de su oficio como filósofo, y todavía no me repongo del librito de Julio Scherer, que he acomodado en el librero justo a un costado de otros que se ensañan contra la figura presidencial, y quisiera disponer de más tiempo para dedicarle toda mi atención a un excelente libro de cuentos de mi cuate Luis Felipe Hernández, me encuentro con dos notas que he querido comentar, aunque sea de paso:

La primera tiene que ver con un artículo sobre los recientemente fallecidos Bergman y Antonioni. Lo que me llamó profundamente la atención de ese artículo es una imagen a la que hace alusión y que he tenido presente, misteriosamente, desde hace varias semanas. Es una imagen que corresponde a la última secuencia de una película de Antonioni cuyo nombre no recordaba (El pasajero, 1974) y de la que sólo estaba seguro que tenía por actor principal a Nicholson. Dice el artículo:

“(…) concluye con una memorable escena en que un lento movimiento de cámara nos muestra una ventana, lo que se ve a través de ella, en donde no ocurre nada, a la vez que todo; todo está ocurriendo fuera de ella, en sus márgenes y, desde allí, en ese espacio fuera de cámara, nos habla con mucho mayor intensidad.”

Esa secuencia es memorable, sí, porque además contrasta con las maneras del cine gringo para el cual los finales son espacios reservados para la pirotecnia visual o dramática, y por eso siempre resultan fingidos (pero, alardean, efectivos).

No acierto a explicar en qué consiste mi fascinación por ese artículo: la coincidencia de la mención sobre esa secuencia y de mi caprichosa memoria que, a veces, parece premonitora; o algo más furtivo que quizás apela a los incidentes que revela a medias esa ventana, o a la idea de que el cine es más una ventana que un nervioso músculo ocular (véase Dogma 96). No lo sé. Pero quería decirlo.

La segunda está relacionada a una noticia que apareció hoy en El Norte. Se titula: Ser bien cuerda no garantiza riqueza. Cuando la leí me acordé de lo que dijo la esposa de un invitado al referirse a un actor de cine que solía hacer exigencias muy heterodoxas y caras a las productoras que mostraban interés en contratarlo. Con las cejas levantadas, dijo: es muy inteligente.

La inteligencia es una palabra que usamos para denominar cosas muy distintas. Creemos que todos entienden lo mismo, pero no. Por ejemplo, muchos piensan que los inteligentes son los ricos. Eso nos deja afuera a la inmensa mayoría, que por no ser rica se ha ganado a pulso el epíteto de ignorante.

Otros piensan que la inteligencia no tiene que ver con el dinero. O sea, no todos los ricos son inteligentes. No sé si los ricos estén de acuerdo con eso. De hecho, no creo que les importe mucho la inteligencia o lo que la masa ansiosa de membresía existencial considere como inteligente. Quizás la inteligencia es un concepto que los ricos han inventado para catalogar y premiar a los mejores administradores de sus riquezas. Esa definición me parece idónea para que la proclame algún perredista. ¿Qué es ser inteligente? ¿tener más masa cerebral? ¿un mayor puntaje de IQ? ¿más dólares? ¿más amigos? ¿familia unida? ¿salud? ¿humor y sangre liviana?

Lo que más me llamó la atención de la nota es el afán por explicar científicamente un concepto como la inteligencia: ¿no estaríamos de acuerdo que es una construcción social, como la del autor, la de la historia, la de la felicidad y la moral, entre muchas? ¿No está la ciencia convalidando prejuicios con sus hipótesis y postulados? Ya lo han dicho: todo, hasta la ciencia, es una creencia.

Por ejemplo, en ese mismo diario, no sé si con algún propósito humorístico (que lo redimiría, desde luego), publicaron días atrás que cierto estudio había arrojado que la Mona Lisa era, no recuerdo exactamente, 83 por ciento feliz.

Vuelvo a la ventana de El pasajero: algunos científicos, a decir por el daño terrible que les ocasiona su mercadeo mediático, podrían retornar a la idea de que la ciencia es una ventana que ofrece una versión de las cosas, no la versión absoluta, y que, como afirmó Derrida, hay que ponerle atención a los márgenes.

Platonismo

August 17, 2007

En algún lugar leí que todas las cosas tienen a su idéntico. Quizás eso lo escribió alguien inspirado en las ideas de Polimnia de Jano, que imaginaba que una de las muchas hojas del cerezo caía dos veces en el mismo otoño. También podría rendir tributo a las fantasías de quienes, muy convencidamente, creen tener a su idéntico perdido en algún lugar de este planeta.

Típicamente platónicas, estas ideas se toman muy en serio la tarea de desprestigiar la autenticidad del mundo, de la realidad. Platón es, dicen, el verdadero fundador del cristianismo, es decir, de la idea de un más allá puro, redimido de todo lo obsceno y mundano.

Preguntarse sobre ese más allá es, además de un ejercicio inútil, un peligroso campo, muy fértil, para la imaginación represora: es decir, para la imaginación que en su devaneo se apropia arbitrariamente de la verdad. De todos modos, diría el fallecido Rorty, no hay tal verdad.

Luego resulta que la comprensión de la vida (y el ejercicio mismo de vivir) como un fenómeno literario parece otorgarle a la fantasía y a la imaginación cierto crédito y, sobre todo, cierta fortuna: no alcanza la cúspide (ilusoria) de la idea pura que ofrece el pensamiento platónico, sino que al leerse como una historia, el sentido de la vida experimenta un efecto multiplicador de tal magnitud que se vuelve un asunto infinito, una historia sin fin. Eso lo sabía Ricoeur, para quien la historicidad es un diálogo incesante y el modo en que entendemos y vivimos nuestra vida.

Emociones

August 10, 2007

Comprendo que cada cual experimente diferentes emociones ante un hecho. Nadie ha decretado que frente a un acusado todos debamos sentir lo mismo: alivio, asco, indignación o pena. También entiendo que la forma más fácil de producir emociones distintas es promulgando inútiles leyes para regularlas.

Eso no impide, sin embargo, que frente a ciertos sucesos, un grupo más o menos identificado experimente una emoción más o menos parecida. Por eso los tumultos, las movilizaciones, la turba. Por eso los hinchas del equipo de futbol, los creyentes de las peregrinaciones, las largas filas para asistir al concierto o al estreno de la semana. 

Uno ve eso, las expresiones de solidaridad o repudio, la aparentemente espontánea afinidad colectiva, y piensa que quizás sí es posible igualas las emociones. Los publicistas, los ideólogos, los comunicólogos y los políticos, entre otros, representan al gremio de pastores de emociones. Sus resultados a veces sorprenden, aunque casi siempre son fingidos, lo cual es tanto como decir que son exitosos.

Peligrosidad

August 8, 2007

Todo orden supone un desorden qué combatir. Por eso a veces las clasificaciones son tan cuestionables. Un librito que me robé de la biblioteca de mi padre (ya lo he citado en mis otros blogs), escrito por un doctor Bukowski, homónimo del autor de El cartero, habla sobre “la nueva enfermedad de la URSS: la desobediencia”. La disidencia es una anomalía. Las anomalías son, por definición, conatos de insurrección. Por eso un niño deforme, a los puristas, les parece una agresión. Por eso los teléfonos públicos descompuestos “hieren” la inteligencia de los perfeccionistas. Por eso algunas personas son acusadas del delito de peligrosidad.

Pesimismo

August 6, 2007

Alguna vez conocí a alguien a quien muchos supusieron adivina. Pensaba que la vida era predecible porque, aseguraba, la vida propendía a la catástrofe.

¿Y no? Me preguntó. Temí responder al modo en que responden los creyentes de la voluntad ciega, los justificadores de la gran arbitrariedad (los escolásticos de la gran casualidad).

Decir no con entero convencimiento no era imposible, pero había que estar convencido primero. No, no estoy convencido, por tanto no pude decir no. Pero decir que sí, que la vida es un desbarrancadero sin fin del que nada se salva me parecía igualmente romántico: una pose, además de que, a la luz de mis experiencias, cometería perjurio y sería un rastrero hipócrita.

Más bien creo que somos temerosos. Le tenemos miedo hasta al miedo. Nos satisfacen las respuestas que disminuyan nuestro temor. El pesimismo sistemático es una forma de comodidad. La prensa, la vocación periodística, indiciaria, es también, contra lo que parece, y en ciertos casos, un trastorno escapista: la búsqueda imposible del colapso final.

Pedro Paleolítico diría: Si quieres suicidarte, hazlo valientemente. No uses simulaciones existenciales como el pesimismo. Además, el pesimismo es una esperanzado de clóset. Un cobarde.