Platonismo
En algún lugar leí que todas las cosas tienen a su idéntico. Quizás eso lo escribió alguien inspirado en las ideas de Polimnia de Jano, que imaginaba que una de las muchas hojas del cerezo caía dos veces en el mismo otoño. También podría rendir tributo a las fantasías de quienes, muy convencidamente, creen tener a su idéntico perdido en algún lugar de este planeta.
Típicamente platónicas, estas ideas se toman muy en serio la tarea de desprestigiar la autenticidad del mundo, de la realidad. Platón es, dicen, el verdadero fundador del cristianismo, es decir, de la idea de un más allá puro, redimido de todo lo obsceno y mundano.
Preguntarse sobre ese más allá es, además de un ejercicio inútil, un peligroso campo, muy fértil, para la imaginación represora: es decir, para la imaginación que en su devaneo se apropia arbitrariamente de la verdad. De todos modos, diría el fallecido Rorty, no hay tal verdad.
Luego resulta que la comprensión de la vida (y el ejercicio mismo de vivir) como un fenómeno literario parece otorgarle a la fantasía y a la imaginación cierto crédito y, sobre todo, cierta fortuna: no alcanza la cúspide (ilusoria) de la idea pura que ofrece el pensamiento platónico, sino que al leerse como una historia, el sentido de la vida experimenta un efecto multiplicador de tal magnitud que se vuelve un asunto infinito, una historia sin fin. Eso lo sabía Ricoeur, para quien la historicidad es un diálogo incesante y el modo en que entendemos y vivimos nuestra vida.











