El problema es que…
“El problema es que”, me dijo, “usted piensa que yo estoy intentando engañarlo”. “¿Y no?”, respondí con una seguridad que, desde luego, buscaba sobre todo ofenderlo. “No”, expresó, “si usted, por un instante, me concede el derecho de la duda, verá las cosas de muy distinta manera”. “Ajá”, respondí.
Entonces el tipejo me apuntó con su arma y me disparó. Sentí dolor y luego una angustia intensa: estaba desangrándome. El homicida esculcó en mi ropa, de donde extrajo mi cartera, mientras prometía que aquel dolor y aquella angustia disminuirían rápidamente, cosa que, por supuesto, no le creí.
Me miró con fastidio: “De veras, si por un momento dejara de creer que le miento, las cosas serían distintas; sin embargo, usted decide”. Me apuntó otra vez con su arma, ahora directo a la cabeza, y luego escuché una deto
