Otra de Pedro Paleolítico
Son un grupo muy fácilmente identificable de personas para quienes la vida es una secuencia interminable de farsas. Para esas personas la realidad es dolor, es perdición, es maldad, es la irrefutable confirmación de los peores augurios. La explicación de su infelicidad no son ellas mismas: es el mundo. Su interlocución con el mundo es siempre un desafortunado comercio de lamentos y reproches. Son la tristeza furibunda del mundo. Por más que se lo propongan, su alegría es siempre fingida. Su alegría es una ruina sostenida con rencor. Su bilis negra está presente en muchos ámbitos de la vida en nuestros días. Ellas son también el mundo. Su visión de la vida es muchas cosas excepto original. Es la propensión al fatalismo, la versión tras bambalinas de la vida, la ausencia de cosméticos, la versión “no-editada” de las cosas. Son un ejercicio perpetuo de desmitificación. Víctimas de su propio desengaño, prevalece en su ser el deseo de abrir todas las gavetas donde se oculte “la verdadera historia de las cosas”. Son la enciclopedia de la desilusión. Lo que las hace ser lo que son es su incapacidad para aceptar y superar su propio desengaño. Nadie discute, creo, la pertinencia de interrogar al mundo. Pero hacerlo con esa inquina, con esa insistencia obsesiva, sólo es comprensible en quienes viven aprisionados por un régimen auto-crítico excesivo. Deberían obsequiarse a la fábrica de orgasmos que es su propio cuerpo, aunque fuera ocasionalmente.
