De autores I
En la penúltima edición de la feria del libro de Monterrey por poco tropiezo con un tipo chaparro y bigotón que parecía muy dispuesto a intercambiar puñetazos: Paco Ignacio Taibo II. Iba a presentar su libro del Che. Y también vi, más de lejos, a Volpi, autor de un libro que me agradó: En busca de Klingsor. Platicaba muy cordialmente con Palau. Luego más adelante (o más tarde), me hallé con un grupo sorpresivamente numeroso que ocupaba una sala reservada para Guadalupe Loaeza, autora de un libro que mi esposa considera respetable sólo porque yo se lo sugerí.
A esa feria del libro también asistieron otros autores. Quiero decir, autores que no entran en la ornitorrinca categoría de consagrados o populares. O que lo son (consagrados) pero a su muy solipsista manera. Un amigo solía decir que sólo había dos clases de autores: los que eran más famosos que sus libros, y los que no eran famosos ni lo eran sus libros. Él, que admiraba el desprecio de Ibargüengoitia por lo pretencioso, se esmeraba en convencer a los demás de que todo autor constituye una farsa. Una vez me dijo: el día que se refieran a mí como autor, mátame. Se lo juré a cambio de un cigarro. En aquel entonces yo fumaba mucho y él imaginaba muchos libros y me los contaba. Que yo sepa, nunca ha publicado nada.
Así como ese amigo, que sigue convencido, acaso más radicalmente, de la originalidad de su condición como no-autor, vi otros muchos entre los pasillos de la feria del libro. Los había de pelo teñido, de pelo largo, relamidos, despeinados, calvos y rapados. Solemnes, lúgubres, como propietarios de una verdad vergonzosa o de un dolor estomacal tremendo, se hacían notar por efecto de una fuerza gravitacional intensa y triste que podría traducirse en: lo sé, no tengo talento. Su enloquecida convicción de que son autores o autoras aunque no lo sean resulta cuando menos penosa. Alguna vez quise recomendarle a mi amigo, el que me contaba sus libros, una buena terapeuta. No lo hice porque mi amigo era muy generoso con sus cigarros.











