Amarok, de Oldfield

January 19, 2008

Entre las mejores, sin duda, Amarok, de Mike Oldfield. La música convertida en escenografía de la imaginación. Podría decirse, acaso con alguna razón, que el estilo es repetitivo, como suele reprochársele (sin razón), pero también es cierto que, como aducen los chamanes y ciertos intérpretes de melodías rituales, la música sirve para inducir y dar cadencia a variadísimos estados de conciencia y modos de disfrute. La música es placer.

Además de ser una composición que, de acuerdo a la Wikipedia, desafió a la compañía Virgin Records por intratable e indefinible en los términos que la industria entiende y acepta como más sencillos y comerciales, resulta ser interesante por emplear una formidable cantidad de instrumentos musicales, no sintetizadores, además de sonidos de juguetes, de cucharas, de zapatos entre otros.

La primera ocasión que la escuché vivía en Vancouver, Canadá. Acompañó mis largas y muy frecuentes caminatas por Cambie Street, Robson Street, Stanley Park y por otros lados, algunos de los cuales, curiosamente, revisité cinco años después para proponerle matrimonio a María Elsa.

De aquella época recuerdo todo, tan detallada y cartográficamente como puede un hombre recordar, gracias a Amarok, a sus ascensos y descensos, a sus esplendores y rotundidades. Amarok es una condensación musical intensísima.

Muy, muy recomendable

 

Ruinas bellas

July 25, 2007

Veo a menudo las pinturas de Beksinski y caigo en la cuenta de que las ruinas pueden ser formidablemente bellas. Esto no es ninguna novedad: basta recordar la aclamada postulación de Chichén Itzá.

Lo curioso es que puedan convivir tan armónicamente dos palabras que en otros contextos resultan antagónicas: ruina y belleza. Esto se explica apreciando la obra de Beksinski.

Supongo también que este aparente contraste es producido por un prejuicio muy común respecto a lo bello. No existe niguna razón que decrete que lo bello pertenece al reino de lo correcto o de lo bueno. O de lo verdadero. ¿Lo falso puede ser bello?

Depende, creo, de aquello que se entienda por falso. Si lo falso es lo que no existe, es un poco difícil atribuirle a la nada un rasgo de belleza. Pero si lo falso es lo imaginario, entonces me remito a Beksinski.