Libros y notas

August 22, 2007

Entre que intento entretenerme con Visión de paralaje, de Zizek, que como prosista intenta el humor pero termina rindiéndose ante la severidad de su oficio como filósofo, y todavía no me repongo del librito de Julio Scherer, que he acomodado en el librero justo a un costado de otros que se ensañan contra la figura presidencial, y quisiera disponer de más tiempo para dedicarle toda mi atención a un excelente libro de cuentos de mi cuate Luis Felipe Hernández, me encuentro con dos notas que he querido comentar, aunque sea de paso:

La primera tiene que ver con un artículo sobre los recientemente fallecidos Bergman y Antonioni. Lo que me llamó profundamente la atención de ese artículo es una imagen a la que hace alusión y que he tenido presente, misteriosamente, desde hace varias semanas. Es una imagen que corresponde a la última secuencia de una película de Antonioni cuyo nombre no recordaba (El pasajero, 1974) y de la que sólo estaba seguro que tenía por actor principal a Nicholson. Dice el artículo:

“(…) concluye con una memorable escena en que un lento movimiento de cámara nos muestra una ventana, lo que se ve a través de ella, en donde no ocurre nada, a la vez que todo; todo está ocurriendo fuera de ella, en sus márgenes y, desde allí, en ese espacio fuera de cámara, nos habla con mucho mayor intensidad.”

Esa secuencia es memorable, sí, porque además contrasta con las maneras del cine gringo para el cual los finales son espacios reservados para la pirotecnia visual o dramática, y por eso siempre resultan fingidos (pero, alardean, efectivos).

No acierto a explicar en qué consiste mi fascinación por ese artículo: la coincidencia de la mención sobre esa secuencia y de mi caprichosa memoria que, a veces, parece premonitora; o algo más furtivo que quizás apela a los incidentes que revela a medias esa ventana, o a la idea de que el cine es más una ventana que un nervioso músculo ocular (véase Dogma 96). No lo sé. Pero quería decirlo.

La segunda está relacionada a una noticia que apareció hoy en El Norte. Se titula: Ser bien cuerda no garantiza riqueza. Cuando la leí me acordé de lo que dijo la esposa de un invitado al referirse a un actor de cine que solía hacer exigencias muy heterodoxas y caras a las productoras que mostraban interés en contratarlo. Con las cejas levantadas, dijo: es muy inteligente.

La inteligencia es una palabra que usamos para denominar cosas muy distintas. Creemos que todos entienden lo mismo, pero no. Por ejemplo, muchos piensan que los inteligentes son los ricos. Eso nos deja afuera a la inmensa mayoría, que por no ser rica se ha ganado a pulso el epíteto de ignorante.

Otros piensan que la inteligencia no tiene que ver con el dinero. O sea, no todos los ricos son inteligentes. No sé si los ricos estén de acuerdo con eso. De hecho, no creo que les importe mucho la inteligencia o lo que la masa ansiosa de membresía existencial considere como inteligente. Quizás la inteligencia es un concepto que los ricos han inventado para catalogar y premiar a los mejores administradores de sus riquezas. Esa definición me parece idónea para que la proclame algún perredista. ¿Qué es ser inteligente? ¿tener más masa cerebral? ¿un mayor puntaje de IQ? ¿más dólares? ¿más amigos? ¿familia unida? ¿salud? ¿humor y sangre liviana?

Lo que más me llamó la atención de la nota es el afán por explicar científicamente un concepto como la inteligencia: ¿no estaríamos de acuerdo que es una construcción social, como la del autor, la de la historia, la de la felicidad y la moral, entre muchas? ¿No está la ciencia convalidando prejuicios con sus hipótesis y postulados? Ya lo han dicho: todo, hasta la ciencia, es una creencia.

Por ejemplo, en ese mismo diario, no sé si con algún propósito humorístico (que lo redimiría, desde luego), publicaron días atrás que cierto estudio había arrojado que la Mona Lisa era, no recuerdo exactamente, 83 por ciento feliz.

Vuelvo a la ventana de El pasajero: algunos científicos, a decir por el daño terrible que les ocasiona su mercadeo mediático, podrían retornar a la idea de que la ciencia es una ventana que ofrece una versión de las cosas, no la versión absoluta, y que, como afirmó Derrida, hay que ponerle atención a los márgenes.

Fur

July 9, 2007

Antier vimos Fur, la película que rinde homenaje a la fotógrafa estadounidense Diane Arbus. La vimos, en realidad, en dos partes: una en la noche del sábado y otra al mediodía del domingo. La primera parte, la del sábado en la noche, fue la más aburrida: el preámbulo descriptivo de una vida miserable, atrapada en un régimen de apariencias. La segunda, la del mediodía del domingo, es la célebre: el desahogo de la neta, el limpio tránsito de identidades auténticas.

La historia se suma a otras más, filmadas, escritas o contadas durante algún café, que exaltan la felicidad de la autenticidad. Luego pienso que, más que exaltar la felicidad de la autenticidad, tiene el tino de señalar la tristeza de la vida fingida, la ficción en su estado más deplorable.

Para elaborar fábulas y ficciones somos muy eficaces, próvidos y fecundos. Dicen algunos que la religión es la primera ficción. Dios es el primer personaje inventado, lo cual llama mucho la atención, pues es además el ente al que le hemos atribuido nuestra invención. Somos, por consiguiente, ficción.

Pero no es de eso que quería hablar. La película Fur me trajo a cuenta otras cosas menos metafísicas (por cierto, algunos pensadores afirmaron que la metafísica es una elaboradísima ficción). Me recordó aquel poema de Octavio Paz que remata, si mal no recuerdo, sentenciando: “ahora sus arrugas / no tienen cara”. Lo más fácil, y no siempre lo más justo, es ensañarse contra quienes aprecian la vida de apariencias (una vida, hay que decirlo, que no siempre es lo que parece), porque eso es algo contra lo cual nadie puede ganar: somos también apariencias, detrás de las cuales no somos nada (y me gustaría traer a cuento un pasaje de “La historia de la nada”, el relacionado con la pregunta de Leibniz, que da pie a sospechar que, en efecto, detrás de lo que es no hay nada, pero no tengo el libro cerca y soy impuntual e impreciso para las citas), y en producir apariencias podemos rendir intenso homenaje a la vida: dígalo si no el trabajo mismo de Diane Arbus. A propósito de eso, me encontré con una página dedicada a su obra en la que se lee un texto:

“Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera. Contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente, siempre por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa. Lo importante es el control ejercido por el fotógrafo  para imponer una dirección estética a su mentira. El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”.

No faltará quien se oponga a esta burda generalización: no todas las apariencias ambicionan la verdad ni la belleza. Las apariencias son un engaño: nos evaden de la nada y de toda la angustia que ésta nos provoca, pero también nos evaden de asuntos más mundanos, como de nuestras limitaciones, como nuestro “verdadero” estatus socio-económico. Tener es aparentar que se tiene, aunque no se tenga. Si Baudrillard postuló que tal parece que existimos para probar que existimos, sería legítimo añadir que, en términos de apariencias, lo de hoy es aparentar la existencia para existir.

Por ende, no se trata de saber o de hacer, sino de aparentar que se sabe o que se hace. El mundo, nos dice esta numerosa legión de creyentes de la imagen, premia a quien se parece, no a quien es. ¿La razón? Quizás no hay nada más inauténtico, por carecer de la cosmetología de estos días, que ser como uno es.
Por otro lado, no deja de asombrar la capacidad persuasiva de la otra parte, es decir, de la que cuestiona la romántica existencia de una esencia induplicable, irrepetible, originalísima. Todos somos, en diferente medida, copias de los demás. Por tanto, defender a la originalidad es defender otra forma de imitación. Pero, ¿es cierto?

Pienso que no, pero no diré mis razones. Al decirlas me parecen pontificadoras. Las creo, hasta con devoción, pero para mí. Las creo, que no las comprendo.