Amarok, de Oldfield

January 19, 2008

Entre las mejores, sin duda, Amarok, de Mike Oldfield. La música convertida en escenografía de la imaginación. Podría decirse, acaso con alguna razón, que el estilo es repetitivo, como suele reprochársele (sin razón), pero también es cierto que, como aducen los chamanes y ciertos intérpretes de melodías rituales, la música sirve para inducir y dar cadencia a variadísimos estados de conciencia y modos de disfrute. La música es placer.

Además de ser una composición que, de acuerdo a la Wikipedia, desafió a la compañía Virgin Records por intratable e indefinible en los términos que la industria entiende y acepta como más sencillos y comerciales, resulta ser interesante por emplear una formidable cantidad de instrumentos musicales, no sintetizadores, además de sonidos de juguetes, de cucharas, de zapatos entre otros.

La primera ocasión que la escuché vivía en Vancouver, Canadá. Acompañó mis largas y muy frecuentes caminatas por Cambie Street, Robson Street, Stanley Park y por otros lados, algunos de los cuales, curiosamente, revisité cinco años después para proponerle matrimonio a María Elsa.

De aquella época recuerdo todo, tan detallada y cartográficamente como puede un hombre recordar, gracias a Amarok, a sus ascensos y descensos, a sus esplendores y rotundidades. Amarok es una condensación musical intensísima.

Muy, muy recomendable

 

Sobre Sofía

November 14, 2007

Una brevísima reflexión

Abierta las 24 horas

July 23, 2007

Una tienda abierta las 24 horas significa muchas cosas para quien está habituado a la rutina de los horarios y a las prisas enloquecidas. Lo que es más: una tienda abierta día y noche borra del mapa al día y a la noche, dejando en su lugar una excéntrica forma de perpetuidad: la del consumismo. Lo que quiera cuando quiera (aunque no quiera).

Caí en esa trampa anoche. Como si se tratara de un derecho inalienable encontrar esa tienda (demasiado famosa y mal pagada) abierta y a mi entera disposición, le prometí a María Elsa un casete adaptador para reproductores de MP3. El que tenía estaba en mal estado y eso había puesto de mal humor a los nenes. La tiranía de los tres mosqueteros es imbatible e insoportable cuando están enojados. Y pocas cosas los enfadan tanto como la carencia de música.

Cuando llegamos a la tienda, a punto de descender de mini-van, Sebastián y Sofía decidieron inexpugnablemente que debían acompañarme. Parecían observadores electorales, auditores del SAT, inspectores de la SSA. Quisiera decir que acepté. La realidad es que sólo recibí la notificación.

El sector de la tienda donde ofrecen los casetes que buscaba se encuentra cerca de la puerta de entrada. Eso redujo el trámite de la búsqueda de mercancía a unos cuanto segundos. Frente al anaquel, no pude dejar de ensayar alguna respuesta metafísica al hecho de que una tienda de tan cetáceas proporciones tuviera apenas dos artículos como los que yo buscaba.

Salí de mi reflexión herido por una premonición angustiante. Miré a mi alrededor, caminé por los pasillos contiguos, miré por aquí y por allá. Los nenes, sí, desaparecieron.

En casos como ése, que no se recomiendan a nadie, las grandes proporciones se vuelven infinitas. La tienda se agigantó y parecía engullirlo todo, hasta mi paciencia y entereza. Dije el nombre de mis hijos como quien aún cree en el conjuro verbal de los demonios. Las palabras no son mágicas, me reproché.

Miré a los dependientes, al guardia, a otros clientes cuya imperturbabilidad me parecía al mismo tiempo sospechosa y envidiable. La nada se llevó a mis hijos. Más vale que sea la nada, me reponía con inútil coraje.

Pedí auxilio al guardia. Me hizo preguntas de rutina, algunas de las cuales no pude responder: ¿cómo vienen vestidos? Los colores, la moda, las formas superficiales son literalmente tragadas por el remolino de angustia. Azul y amarillo.

A los pocos segundos se escuchó a una vocera solicitando apoyo para localizar a dos niños. Un niño y una niña, corregí. La voz de la vocera resonó en todos los rincones, que parecían eternos, de la tienda.

Las palabras no son mágicas. Mis hijos, pensé, no creo que vayan a ponerle atención a la vocera, ni entenderán sus instrucciones (“los esperan en el departamento de electrónicos”). Salí de la tienda impulsivamente sólo para regresar casi de inmediato, temiendo que al abandonarla mis hijos quedaran sepultados por siempre en sus entrañas.

Tras unos segundos que, como suele decirse (y, en efecto, se viven), fueron años o décadas, el guardia, cuyo rostro para ese entonces me era tan familiar que lo detestaba, dijo algo así como “ya, ya, ya”. Miré hacia donde señalaba y entonces vi a una señora trayéndome a Sebastián y a Sofía. La señora, al percatarse que yo era el infame padre de los dos infantes, gesticuló de forma tal que pude entender la elocuencia del reproche por mi descuido.

Sebastián parecía asustado pero también recuperado: me miraba como quien se ha salvado de un examen para el que no había estudiado. Sofía, en cambio, se iba descomponiendo de manera cada vez más dramática: no supe, en verdad, si su llanto en rapidísimo aumento era de alegría o de terror.

Quise reprenderlos, hacerles ver lo mal que me había sentido por su culpa, pero la señora telepáticamente me recordó que la culpa era mía, no de ellos. Y tenía razón. Luego del reencuentro, les di una instrucción que cumplieron cabalmente: nunca detrás, siempre a mi lado.

Compramos el casete adaptador. Los nenes, a diferencia de lo habitual, no pidieron dulces o chocolates, tan abundantes en la zona de las cajas. Iban marcialmente a un lado mío, sin perder paso y sin dejarse distraer por nada.

Supongo que digo último esto queriendo ilustrar el modo en que mis hijos entendieron la lección y se alinearon a las indicaciones que les di. En el fondo, lo digo sólo para dar un sencillo testimonio de que las palabras sí son mágicas. Ni siquiera un laberinto abierto las 24 horas del día se les resiste.

Dos botes de resistol

July 18, 2007

Me cuenta que recibió una bolsa de plástico que traía impresa una promoción muy tentadora: 30 por ciento de descuento en las siguientes marcas (y aparecía una lista de útiles escolares). Asistió a una de las sucursales de esa cadena de tiendas de papelería y artículos de oficina para hacer valer el descuento. Con la circular de la escuela en mano, transitó por los pasillos tomando los productos que requería y que además eran mencionadas en la lista.

Entre ellos iban dos botes de medio litro de resistol que sospechosamente solicitaba la escuela de Sebastián. ¿Qué hacen con tanto resistol? En fin.

La cajera registró la mercancía y le comunicó el costo total, el cual le pareció a mi esposa muy alto. Pidió una revisión y entonces aparecieron los dos botes de resistol. No entran en la promoción, le dijo la cajera. Sí entran. No. Sí.

Mi esposa le mostró a la cajera la bolsa de plástico en la que decía, con toda claridad, que los dos botes de resistol sí entraban en la promoción. La cajera leyó la bolsa como si estuviera descifrando un código peligroso. Pues sí, ahí dice que sí, pero no entra.

Mi esposa es, además de todo, abogada. Su manera de litigar tiene el sello de la rotundidad.

Se sintió desprotegida la cajera, quien, acordonada en el monosilábico pero ineficaz “no”, corrió en busca del supervisor, gerente, encargado o autoridad circunstancial de la tienda, un individuo que parecía vivir convencido de que nada hay superior al rango con el que puede fantasearse jefe de otros.

Siguió muy obedientemente el método de investigación recorrido previamente por la cajera sólo para reiterar la inflexibilidad de la cajera pero aderezada con una insufrible petulancia, como si al decir “no” estuviera bendiciendo a mi esposa, a su familia y a sus descendientes por varias generaciones.

El último “no”, visiblemente encallejonado por la ira querellante de mi mujer, lo dijo dándose la vuelta y desapareciendo tras una puerta, lo cual dejó a la cajera en un estado de indefensión aún mayor.

Habló entonces a alguien superior al superior, a una mujer que tenía toda la facha de ser la auténtica tomadora de decisiones, seria, recatada, como conciente de la falibilidad de los rangos y de lo traicionero que suele ser el ego, además de conocedora de los derechos de los consumidores, sus clientes.

Le dio una instrucción inaudible a la cajera y ella, sabedora de los efectos de una derrota de este tamaño, tan pública, le explicó a mi mujer que el resistol no entraba pero que en su caso harían una explicable excepción.

Mi mujer pudo haberla terminado de vapulear, pero ella no pelea si no hay motivos exactos para ello. Tomó la mercancía, la bolsa delatora y se retiró.